jueves, 29 de agosto de 2013

Adiós Gandalf





Cuando uno decide hacer un viaje largo hay muchas cosas que te cuesta dejar. La familia es lo primero, obvio, los amigos también, pero debo confesar que para mí lo más difícil fue despedirme de mi gato. Con el que dormí todas las noches durante los últimos once años. En ese momento yo no sabía que ésa era la última vez que lo veía. No intuí que los gatos no son tan independientes como aparentan y que cuando sus dueños los dejan no luchan más por sus vidas, que mientras me despedía la leucemia lo atacaba en silencio, y que cuando su mamá se fue ya no quiso luchar más. Siempre hay consecuencias en cada decisión. Y la mía fue perder mi pequeño tesoro peludo. 

Lo besé incansablemente y le prometí volver, le dije que lo amaba, que se cuidara y que me esperara, lo abracé entre lágrimas, me paré y salí de mi pieza cerrando la puerta, para que no me viera salir con las maletas. Antes de partir, abrí la puerta y lo miré desde el umbral, él estaba en mi cama, me miró, paró sus orejitas e hizo el ademán de ir hacia mí. Ese momento está clavado en mi retina, porque fue la última vez que lo vi. Él sabía que era una despedida. Yo estaba atrasada y no quería que se levantara de la cama, le dije “nos vemos”, volví a cerrar la puerta y hasta el día de hoy me arrepiento de no haber vuelto a besarlo una vez más. Cerré la puerta y me fui al auto. Esa fue la última vez que lo vi.

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