lunes, 19 de agosto de 2013

Auckland





Nos sentamos en la parada de buses y esperamos. Había viento, aunque no sabría decir si hacía frío o calor. Quizás hacía más frío que calor, pero no era el mismo viento gélido que suele haber en invierno en Santiago. Mientras esperábamos aparecieron 4 maletas enormes impulsadas por una pareja de chilenos que venían a tomar el bus. Hablamos. Se llamaban Karen y José, habían tomado el mismo avión, se hospedarían en la misma calle y venían con el mismo plan. Tomamos el bus juntos y nos bajamos en Queen Street con Victoria. Aún de noche, caminamos hasta Wellesley street y luego de darnos los correos electrónicos nos fuimos cada uno por su lado, sin sospechar que nuestros caminos se trazaban casi juntos en la misma línea.  

Hambrientos y con un nivel de ansiedad casi monstruoso, dejamos las maletas en la habitación y después de una espera agónica por las primeras luces de la mañana, salimos a caminar. El escenario, la ciudad despertando a eso de las 7 de la mañana, nos pareció un espectáculo maravilloso. Las calles limpias, bonitas tiendas, cafés y restaurantes, museos y buses vacíos, parques verdes y húmedos, gente linda paseando con capuccinos en la mano, meneando sus carteras Chanel y sus trajes Gucci en un armonioso conglomerado de asiáticos, kiwis y maoríes bajo un cielo celeste profundo manchado por unas nubes blancas como copos de merengue casi sólidos sobre los altos edificios. Era algo hermoso. Extasiados caminamos y reímos, llegamos hasta la orilla del mar y seguimos caminando durante todo el día. Se sentía muy bien caminar por Auckland por primera vez. Era como estar en un sueño interminable. 

Estuvimos una semana en Auckland, abrimos nuestras cuentas en un banco, sacamos nuestro permiso de trabajo y recorrimos caminando todas las calles del centro de la ciudad. Algunos días cocinábamos en el hostel para ahorrarnos unos dólares. Así conocimos a Rodrigo, un chileno que trabajaba allí por acomodación limpiando la cocina y los baños. Le preguntamos por Tauranga, si era aconsejable ir allí a buscar trabajo. Nos dijo que en el campo había trabajo y fácil de conseguir, pero que era muy duro. Algunos días comimos juntos mientras un inglés eructaba feroces sonidos guturales desde lo profundo de sus entrañas como si fuera algo de lo más lindo. Los primeros días perdía el apetito fácilmente con las relajadas costumbres de países lejanos, los odiaba y los insultaba mentalmente, pero luego me fui acostumbrando. Uno termina irremediablemente adaptándose a todo.   

Antes de partir nos sentimos algo agobiados. Auckland había sido nuestro nuevo hogar por una semana y no queríamos dejarlo. Había sido un exceso de endorfinas yendo y viniendo por nuestro torrente sanguíneo cada día y en cada esquina en la que nos parábamos sin terminar del todo de creer que estábamos ahí, a 10 mil kilómetros de nuestro hogar, al otro lado del pacífico en un mundo completamente nuevo para nosotros. Nos subimos al bus rumbo a Tauranga, nos sentamos en nuestros asientos y vimos Quay Street y el puerto, el mar y los incontables yates frente a nosotros con algo de resignación. La aventura recién estaba comenzando.  



 
 




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